—Mejor—respondí;—me quitas un gran peso...
—Un poco de buen sentido, Magdalena—dijo la abuela.—Ya me haces incurrir en cosas bastante extraordinarias sin llegar a ofrecer a nadie mi nieta... ¡Ah! qué débil es el corazón de una abuela... Por cariño a ti, me veo metida en la más tonta historia que he visto jamás... La culpa es de las solteronas... Las abomino...
—Querida abuela—respondí, apoyando la cabeza en su hombro,—si esas aborrecidas solteronas fuesen la causa de mi felicidad, ¿las detestarías?...
—No, hija mía—dijo la abuela enternecida.—Tu dicha es mi única preocupación... de modo que tú crees...
—Sí—balbucí confusa,—sí, creo...
—¿Ya no eres opuesta al matrimonio?
—Muy poquito ya... casi nada.
—¡Ay! hija mía, qué alegría me das... Al fin podré morir tranquila...
—No hables así, abuela adorada. Lo que hace falta es que vivas mucho tiempo... siempre.
La abuela movió la cabeza con expresión de pena, y para no enternecerse más, me habló de la buena posición del señor Baltet, de sus gustos serios y de sus relaciones con el mundo de la ciencia.