—¡Es alguien!—dijo la abuela.

—Con tal de que yo llegue a ser algo para ese alguien...—murmuré con nueva angustia.

—¿Por qué no?—respondió la abuela con orgullo.—Tendría que ver que a ese señor se le ocurriera criticarte...

—Sin criticarme, podría sencillamente no reparar en mí...

—¿En ti?...

Esta pregunta fue un poema de amor, de confianza y de admiración y dijo todo el cariño de mi abuela querida y su fe ciega en el porvenir de su nieta.

¡Pobre abuela!...

21 de febrero.

El señor Baltet me gusta cada vez más.

Ha estado delicioso esta tarde. Cada uno de los objetos que le presentaba la abuela, era motivo para una disertación medio seria, medio jocosa. La de Ribert y Genoveva han quedado conquistadas como yo... aunque en distinto grado. Hasta Celestina manifiesta alguna indulgencia hacia el señor Baltet. La abuela no habla más que de él, y su nombre sale a cada instante en la conversación... Yo sonrío y me pongo encarnada... Dios mío, qué dichosa soy...