Mi destino empieza a dibujarse... Voy a él confiada y dichosa, creyendo al fin en la felicidad de la mujer en posesión de un marido amado y de unos hijos queridos... ¡Qué camino recorrido en pocas semanas!...
No he podido menos de hacérselo observar a la de Ribert, cuya indulgencia conozco.
—Es el momento psicológico, Magdalena... Esa hora suena para todas...
—Pero hay que oírla—murmuré con una fantástica visión en el corazón y en los ojos.
—¡Bah! habría de ser sorda para no oír, al menos, las campanadas de una parte...
—Es verdad... pero con algodón en los oídos...
—¿Tiene usted algodón ahora?—me preguntó la de Ribert, con una sonrisa enteramente maternal.
—No—respondí, ruborizándome;—al menos para lo que viene de Bellefontaine...
Y me marché con el corazón en fiesta y el alma en ebullición.
5 de marzo.