—¡Ah!—dijo con voz apagada.—¿Y qué dice?...
—Nada preciso, pero hay muchas esperanzas...
—¿Nada preciso?... ¿Seguramente?...—preguntó en un tono violento y temeroso a la vez.
—Puesto que yo te lo digo—respondí extrañada al ver aquel temor incomprensible.—Nadie está más interesado que yo en creer otra cosa...
—Es verdad—replicó Francisca con voz extraña,—tú eres la más interesada en la cuestión...
—Sin duda—dije.—Y dime, ¿cómo le encuentras?...
—¿Yo?...—preguntó Francisca...—Pero cogió de prisa el sombrero, que estaba en una mesa de su cuarto, y se lo puso en un momento...—¡Y yo que olvidaba el encargo de mamá!...—exclamó, con una prisa extraordinaria en ella.—Dispénsame, Magdalena, tengo que salir... ¡Ah! sí—dijo en el momento en que la dejaba,—me preguntabas cómo le encuentro... Pues bien, mi opinión no ha cambiado... El señor Baltet es un majadero, a quien la primera mujer un poco lista escamoteará cuándo y cómo le plazca...
—Si soy yo—exclamé,—no me quejo.
—Y tienes razón—respondió Francisca, con no sé qué relámpago en los ojos.
Es singular esta Francisca...