—¿Y es esa frase, que parece insignificante, la que ha provocado tal diluvio?
—Ciertamente... Señor cura—añadió la abuela descontenta,—no tiene usted corazón, sino comprende estas lágrimas.
—¡Bah!—respondió el cura, comprimiendo políticamente la risa,—creo tenerlo un poco, aunque mis glándulas lacrimales no tengan la misma capacidad que las de Magdalena...
No pude menos de reírme de la evidente sinceridad del cura, el cual dio un salto al oír la carcajada burlona que dejé escapar.
—¿Ahora se ríe?...—exclamó abriendo los ojos con intensa sorpresa.—Qué hermosa es la juventud... Se llora y se ríe sin saber por qué...
En seguida, para evitar otra emoción, me preguntó a quemarropa:
—¿Y las solteronas?... veo que las abandona usted definitivamente... No está bien interrumpir tan bonitos estudios...
—Así es la vida—respondí;—pero no crea usted que las abandono, puesto que les deberé mi felicidad...
El cura me miró con expresión de asombro, y la abuela me dirigió una sonrisa.
—Eso—dijo,—no es de la competencia de usted, señor cura... sea indulgente... Magdalena es tan feliz...