Se han hecho los esponsales de Francisca... La de Dumais vino ayer a participar el matrimonio a la abuela, pero ésta, muy delicada, no pudo recibirla...

¡Cuánto sufro, Dios mío!... ¿Le amaba, pues, hasta ese punto?

25 de marzo.

Parece que hay que salvar la situación y tener el valor de no cambiar mis costumbres para escapar de las hablillas del pueblo. La abuela me suplica que reciba a Francisca, que ha venido ya a verme cuatro veces... Hasta ahora he resistido, pero la abuela tiene razón... A la misma Celestina no dejaría de chocarle... Ayer dejó escapar una reflexión significativa:

—No vale la pena de ponerse una persona en las niñas de los ojos para dejarla luego en la puerta...—murmuró cuando iba a decir a Francisca que había yo salido.

Recibiré, pues, a Francisca... Qué penoso momento... Con tal de que tenga valor...

28 de marzo.

He visto a Francisca y he tenido con ella una escena muy dura.

La abuela me había suplicado tanto que me dominase, y tan vigorosamente me había sermoneado el padre Tomás, que estuve casi correcta.

Francisca entró un poco desconcertada. Evidentemente tenía conciencia de su mala acción. Sin hacerle un reproche, le ofrecí la mano.