—¿Me guardas rencor, Magdalena?

—Mucho.

—Sin embargo, te juro que ha sucedido a pesar mío...

—De modo que te casas a pesar tuyo...

—No... lo confieso... Pero... ¿Cómo diré yo?... Al principio no pensé en tal cosa.

—Sin duda—dije con amargura.—Sin pensar, estuviste provocadora y coqueta. Sin querer, prodigaste mil gracias conquistadoras y lo hiciste todo, todo, para quitármele...

Me callé de repente, viendo que iba demasiado lejos, y seguí diciendo con más calma:

—¿Por qué me has hecho traición?

—¡Traición!... que palabra...

—Es la justa.