—Pues bien, sí, te he hecho traición, pero al principio, créeme, Magdalena, no pensaba en ello...
—Que no pensabas...
—No, te lo juro... estuviste tan torpe... no hablabas... apenas sonreías...
—Sí, estuve torpe como un ganso y tú ingeniosa como un demonio... es sabido... ¿Y qué?...
—¿Y qué?... Que vi en seguida que no le gustarías jamás... jamás... ¿entiendes?...
—¿Por qué jamás?
—Los hombres como él, no aprecian a las mujeres como tú... Su razón no podía simpatizar con la tuya... Su prudencia tenía necesidad de mi locura...
—¡Ah!...
—La prueba es—dijo Francisca con energía,—que en seguida comprendí su inclinación hacia mí y su indiferencia contigo.
—Debiste decírmelo.