—¿Para hacer imposible mi juego?... No, por cierto, Magdalena. El señor Baltet es un hombre serio, un hombre que no ha vivido... Te aseguro—continuó Francisca casi suplicante,—que esa clase de hombres no se aficionan más que a...

—A las bribonas, tienes razón.

La palabra era dura, y la sentí inmediatamente, aunque sin desear retirarla.

—¡Bien!—articuló Francisca, respirando profundamente.—Pero, por muy bribona que sea, oye lo que tengo que decirte... Mi prometido... era el único marido posible para mí...

—¿Por qué?

—Porque es uno de los raros jóvenes que desprecian la fortuna...

—Desprecio no recíproco, ¿verdad?...

—No recíproco—confirmó Francisca muy sombría.—El es rico y le es fácil ese desprecio... yo, soy pobre y quiero vivir...

—Pues bien, tus medios te lo permitirán ahora—dejé escapar...

—¡Ah! Magdalena, eres cruel...