Extrañadas al principio, cada cual podía pensar que siendo más amable y más bella que su vecina, su juventud no se pasaría en un lamentable aislamiento. Después, pasada la edad fijada por las leyes, y fuertemente estropeada la juventud, venían las inquietudes y triunfaban los cuidados. El deseo de agradar ponía un fulgor febril en la mirada de la solterona anticipada y en la más estudiada de sus sonrisas había una crispación. Iba, venía, rogaba a la diosa favorable al matrimonio, suplicaba a su padre o a su tutor que la encontrasen un marido, los llevaba en caso de necesidad a los tribunales, y no por eso encontraba lo que era el objeto de sus sueños. Agriábase entonces su carácter, su humor se ponía triste y acerbo su pensamiento. Y juventud, belleza y salud, se consumían en la vana espera del que no venía ni vendría jamás... ¡Pobres solteronas!

Fue preciso el cristianismo para cambiar el ideal de una gran parte del mundo. En cuanto apareció, la existencia de la mujer sufrió una transformación tan completa como prodigiosa; de esclava que era, se encontró de repente con una personalidad justamente respetada. Después, la divinización de la virgen echó por tierra todas las ideas admitidas y fue posible a la mujer vivir honrada y casta al lado del matrimonio. Bajo la influencia del cristianismo se llegó a comprender que el término «solterona,» cuyo equivalente existía ciertamente en la lengua del tiempo, no era en sí mismo nada deshonroso. Una vez admitido el estado de virginidad, era natural que se envejeciese en él. ¿Qué es una solterona? Una virgen vieja. Tener cabellos blancos y la cara arrugada no ha sido nunca una mala acción, que yo sepa.

En esto estaban mis reflexiones, cuando juzgué a propósito hacer participar de mi admiración a la abuela.

Sorprendida por mi brusca entrada en el salón donde ella estaba, me echó una mirada interrogadora.

—Abuela—exclamé triunfante,—es el cristianismo el que ha hecho las solteronas; así, pues...

—¡Qué tonterías dices, hija mía! ¿Cómo quieres que el cristianismo haya hecho las solteronas?...

—Divinizando la virginidad.

—Ya ves que tú misma te contradices. El cristianismo ha divinizado la virginidad, es cierto. Pero si ha hecho de la virgen la esposa de Dios, no ha querido en modo alguno divinizar a las vírgenes mundanas, a las que uno de vuestros autores de moda llama las «semivírgenes.»

—Yo tampoco, abuela, hablo de las solteronas que conocemos...

—Dejemos en paz sus lenguas, hija mía; no despertemos al gato que duerme...—murmuró la abuela sonriendo.