Y no quiso oír nada más.
Es obstinada la abuela... No le gustan las solteronas y no consiente en escuchar nada en su favor. Por fortuna, estoy aquí yo para rehabilitarlas en mi propia mente.
16 de octubre.
Pensaba poder continuar hoy lo que yo llamo con cierto énfasis «mis estudios históricos,» pero había contado sin la abuela. Lo que le conté del resultado de mis investigaciones la tenía muy contrariada, según pude juzgar por su expresión nada satisfecha, al tomar el desayuno.
—Estas chiquillas—murmuró al sentarse a la mesa,—tienen una independencia y unas ideas...
Y en cuanto terminamos, me dijo sencillamente:
—Ponte el sombrero, Magdalena.
Obedecí de prisa, y la encontré dispuesta a salir conmigo. El sombrero, puesto ligeramente torcido en la cabeza, indicaba en la abuela ideas belicosas. No hice ninguna pregunta y la seguí dócilmente, preguntándome dónde me llevaba. ¿Era al convento para hacerme reflexionar sobre el matrimonio? ¿Era a la cárcel, para castigar mi falta de vocación espontánea?...
No era, por fortuna, a ninguno de los dos sitios, sino sencillamente a casa de su director y amigo, el señor canónigo Tomás, profesor del Colegio Libre. La abuela tiene la costumbre de consultar con él todos sus asuntos, pequeños y grandes.
Era, pues, el caso de hacerlo.