En cuanto entramos en su despacho, el padre Tomás comprendió que había electricidad en el aire.
—¿La señorita Magdalena ha roto su muñeca?—preguntó sonriendo al ver la seriedad de la abuela.
—Si no fuera más que eso...—suspiró la abuela, sentándose en una cómoda butaca, mientras yo me instalaba modestamente en una silla.—Magdalena me tiene consternada.
Y se puso a contar con vehemencia sus penas. Narró al cura su deseo de casarme, mi poco entusiasmo por obedecerla, mi manía de profundizarlo todo y el estudio que yo estaba haciendo de las solteronas; en una palabra, todo salió a relucir.
El cura, repantigado en su butaca, escuchó con atención las quejas de la abuela. En su buena y plácida cara, iluminada por una mirada de sorprendente inteligencia, no se hubiera podido leer ninguna impresión si el brillo malicioso de sus ojos no le hubiera hecho traición. El cura se divertía.
Cuando la abuela lo hubo dicho todo, el padre Tomás clavó un instante sus chispeantes pupilas en las de la abuela y se echó a reír.
La abuela dio un salto de indignación.
El cura, que la conocía, vio que no debía tirar más de la cuerda sensible, y respondió tranquilamente, ajustándose los anteojos:
—Al desear casar a su nieta, señora, cumple usted con su deber...
La abuela me lanzó una mirada de triunfo.