—Pero Magdalena está en su derecho al querer reflexionar—añadió.
Y, a mi vez, levanté la cabeza victoriosamente.
El cura hizo como que no echaba de ver lo que pasaba entre nosotras.
—El matrimonio es cosa tan grave—continuó,—que cierto moralista ha dicho que no era demasiado toda la vida para reflexionar antes de comprometerse a él...
La abuela bajó los ojos en señal de desaprobación.
—No digo que ese parecer sea eminentemente práctico... Pero, en fin—dijo el cura moviendo la cabeza,—no podemos menos de reconocerle cierta prudencia...
La abuela se estremeció, y yo me eché a reír.
—Sin aconsejar a Magdalena que llevé las cosas tan lejos, es bueno, sin embargo, que reflexione, y mucho, antes de contraer los lazos sagrados del matrimonio.
—Pero, padre—interrumpió la abuela, que perdía la paciencia,—¿hacían falta tantas ceremonias en otro tiempo para casarse? Los padres presentaban un partido conveniente, y las jóvenes se casaban sin decir palabra. Nadie pensaba en estas dilaciones de que usted habla, y que no comprendo más que cuando una joven es llamada hacia Dios...
—Evidentemente—respondió el cura, cogiendo su caja de rapé y tomando un buen polvo.—Así sucedía y así sucede todavía con las jóvenes acostumbradas a la obediencia pasiva...