—Entonces, Dios mío, ¿qué va a ser de nosotras? Las jóvenes que no tienen carácter, están expuestas a ser desgraciadas no casándose... Las que lo tienen, están amenazadas de sufrir casándose... ¡Qué dilema, señor cura!

—Sí—dijo el cura pensativo;—es cierto que ahí está el escollo. El matrimonio sufre la suerte común a las cosas de la tierra; está atravesando una crisis...

—Por eso mismo hay que combatirla—afirmó la abuela con gran energía.

—¿Cómo?—dijo el cura más y más pensativo.—Lo que pasa en los grandes centros industriales es una imagen de lo que ocurre en todas partes. Hay tendencias a la huelga general...

—¡La huelga contra el matrimonio!—exclamó la abuela, que no sabía si reír o enfadarse.

—La huelga contra el matrimonio, sí—articuló claramente el cura.—Lo que hace al grevista es la conciencia de sus derechos y la posibilidad de hacerlos valer... Transporte usted la huelga de la industria al matrimonio, y tendrá la palabra de la situación.

—Entonces—exclamó la abuela desesperada,—Magdalena es una huelguista...

—No, todavía no—dijo dulcemente el cura,—pero tiene tendencias.

Y añadió designándome a la abuela:

—¿Se puede saber lo que pasa en una cabeza de veinte años?