Mis ojos negros no hacían pensar que yo me impacientase en las tristezas de la espera de un esposo soñado; mis cabellos indisciplinados, de matices cenicientos, no atestiguaban un carácter melancólico, y mi sonrisa no indicaba ninguna decepción del corazón.
La abuela sonrió maliciosamente sin dejar de mover la cabeza.
—Sí, sí; confieso que no has llegado todavía a la decrepitud.
—¡Decrepitud! malísima abuela, retira pronto esa fea palabra.
—¡Diablo! Una solterona...
—¡Injusto calificativo!... ¿Por qué ese epíteto de viejas en una edad en que lo somos tan poco?
—Es el uso—respondió la abuela en un tono que significaba que no había nada que replicar.—A los veinticinco años se viste la primera imagen y se entra en el gremio de las solteronas, por muy joven y muy linda que una se crea. Pero la belleza y la juventud son cosas fútiles. En vez de enorgullecerte por tus cualidades físicas, cuida tu belleza moral, hija mía.
—¿A los veinticinco años?... Tú bromeas, abuela. Si mi belleza moral no está completa a la hora actual, puedes creer que es inútil que trabaje en ella. A esta edad no brotan ya esas cosas.
—Anda de ahí, chiquilla—replicó la abuela;—no eres seria.
—Vaya si lo soy—respondí.—La prueba es que ahora mismo me voy a prender un bonito lazo rosa en la belleza moral. Verás como eso la realza a los ojos de los mortales. Sabes, abuela, que no todo el mundo descubre la belleza moral... mientras que un lazo rosa...