—Niña mimada—suspiró la abuela,—no quieres comprender qué feliz sería yo viéndote casada con un buen marido y...
—¡Oh! abuela querida—supliqué,—soy tan feliz a tu lado... No me eches de aquí, te lo ruego...
—¡Echarte!—exclamó la abuela con infinita ternura en los ojos.—¿Echa nadie a su alegría, a su rayo de sol, a su pajarillo parlero?
—No—respondí vivamente afectando un tono de broma,—no se les echa, pero se les pone bonitamente en la puerta. La cosa es igual aunque no lo parezca.
—Piensa, Magdalena, que puedo faltarte. ¿Qué sería de ti sola en la vida?
—¡Oh! abuela, no entristezcas el día de mi cumpleaños, te lo suplico. No me digas cosas tan horribles. En primer lugar, tú vivirás siempre.
—No, hija mía—respondió la abuela con una conmovedora angustia en la mirada,—no viviré siempre; no hay que hacerse ilusiones. Soy vieja, me moriré como los demás y, te lo repito, ¡qué será de ti sin parientes, sin familia allegada!...
—¡Abuela! ten piedad de mí—supliqué con lágrimas en los ojos;—déjame gozar de mi vigésimoquinto aniversario... No me obligues a pensar cosas tristes... No me hables de la muerte, y sobre todo de la tuya...
—Es, sin embargo, una ley de la Naturaleza siempre respetada y siempre obedecida—respondió dulcemente la abuela.—Tu padre y tu madre te han dejado. ¿Por qué yo, la abuela, he de ser inmortal?... Los viejos dejan el sitio a los jóvenes, y los pajarillos vuelan del nido para ir a construir otro...
—Los pajarillos sin corazón, es posible—dije dejando caer un lagrimón en la mano que la abuela me ofrecía—pero las nietas agradecidas...