—¡Bah!—respondió la abuela,—ya salió la gran palabra... Por agradecimiento querrías permanecer a mi lado para cuidarme, para endulzar mis dolores, para alegrar mis últimos años. Pero yo, por deber, no quiero tal cosa. Mi deseo es que te cases y pronto. ¿Entiendes?

—Sí, entiendo tu abnegación. Me has recogido a la muerte de mis padres, me has consagrado veinte años de tu vida que hubieras podido pasar más tranquilamente; y ahora te olvidas de ti misma una vez más queriendo lo que crees que es mi felicidad. ¿Estás segura de qué lo será el matrimonio?

—¡Cómo si estoy segura! Perfectamente, tontilla. No hay más que dos maneras honradas para una mujer de tomar puesto en la vida: el matrimonio y el convento.

—No comprendo por qué el celibato no es tan honroso como los otros dos medios.

—No necesitas comprenderlo—respondió la abuela con energía.—No se permanece soltera; eso no se hace.

—Entonces, casamiento o monasterio. El convento no me dice gran cosa—dije bajando la cabeza.—La obediencia no es mi fuerte, la pobreza me molestaría y sólo me seduce la castidad. Tales gustos son los de una solterona, pero no son una vocación religiosa. Pero el matrimonio no me seduce tampoco mucho. ¿Estás segura, abuela, de que tengo la vocación del matrimonio?

—¡Cómo disparatas, hija mía, cómo disparatas!—suspiró la abuela encogiéndose de hombros.—Cuando una mujer no está llamada a la más perfecta de las vocaciones, que es la religiosa, es que Dios la llama al matrimonio. No hay vocación del celibato. El matrimonio es indispensable para las mujeres destinadas a vivir en el mundo. Piensa, Magdalena, que la mujer no es nada por sí misma...

—¿Nada? ¿Yo no soy más que una apariencia? Soy muy real, te lo aseguro.

—Nada en lo moral, hija mía. La mujer necesita un apoyo para sostenerla...

—Sí, vamos, una especie de tutor.