La caballería, a pesar de la aureola con que ha llegado hasta nosotros, no se alimentaba exclusivamente de flores azules cogidas en el país del ideal. Práctica y dura, apreciaba muy bien las especies contantes y sonantes o los hermosos dominios dorados por el sol.
El sistema feudal, al privar a las hijas de toda fortuna, aumentó considerablemente el número de las muchachas pobres y, por consiguiente, imposibles de casar, pues en aquel noble tiempo de sentimientos caballerescos hacía falta un dote para conquistar un marido. La historia no nos dice si bardos o trovadores consagraron a este asunto, sin embargo tan interesante, sus versos y sus melodías. Es de creer que ni unos ni otros hubieran logrado transformar una sociedad que exaltaba a la mujer y buscaba el dinero.
La nobleza y la burguesía, encontrando la mayor facilidad para desembarazarse de las hijas sin soltar dinero, preferían darlas sin dote al convento a dotarlas para casarlas.
Pero las dificultades de la vida se acentuaban para las jóvenes casaderas y para los conventos que las servían de refugio. El número de monjas obligadas crecía hasta tal punto, que ciertas casas faltas de recursos tuvieron que recurrir a la bondad real para obtener algunas larguezas. Luis XIV permitió a algunas comunidades aceptar dotes a condición de que se dedicasen a la instrucción profesional de las hijas del pueblo. Pero con esta ocasión se renovaron los antiguos edictos para los conventos ricos con agravación de las penas para los infractores. El Parlamento de París castigó a las religiosas de la Virginidad por haber medido una vocación «más al peso del metal que al del santuario.»
La sociedad meticulosa de la época prefería la desgracia de sus hijas en un claustro, a su dicha relativa en el mundo, en el que no se admitía el celibato. Las conveniencias lo mismo que el espíritu religioso de la época se oponían a este último partido.
Los predicadores tronaban en el púlpito contra el entristecedor espectáculo del celibato involuntario, y uno de ellos llegó a decir que las hijas solteras que se quedan en el mundo son en él objeto de escándalo y un obstáculo a las buenas costumbres.
¿Cómo, después de esto, atreverse a permanecer solterona? Era necesario tomar el camino del claustro, donde nadie pensaba en averiguar el grado de vocación que llevaba a tantas pobres almas.
Los moralistas hablaban también en favor del matrimonio, demostrando, como Montesquieu, que «cuanto más se disminuye el número de los matrimonios que pudieran hacerse, más se corrompe a los que están ya hechos: cuantas menos personas casadas hay, menos fidelidad existe en los matrimonios, como cuando hay más ladrones existen más robos.»
Y como la causa del matrimonio no avanzaba un paso, se decidió dejar resueltamente a un lado a las jóvenes feas y pobres para dar, al menos, a las que no lo eran un puesto más ancho en el mundo. Un sabio casuista, el padre Bonacina, jesuita, declaraba «exenta de pecado a la madre que desee la muerte de sus hijas sino puede casarlas a su gusto a causa de su fealdad o de su pobreza.»
Con el convento para las unas, el matrimonio para las otras y la muerte para las que no entraban en ninguno de los dos estados, pudiérase creer que en adelante no habría ya esas desgraciadas jóvenes cuya vista producía en la conciencia pública el efecto de un remordimiento. Pero la especie no quiso desaparecer. Al fin del siglo XVIII, el moralista Sebastián Mercier declara que «en todas las casas burguesas de París se encuentran cuatro jóvenes casaderas por una casada.»