—Adiós y gracias—repitieron en coro Genoveva y Petra.

—Adiós, hasta la vista, muchachas...—respondí gozosa, mientras se restablecía el silencio en nuestra tranquila casa y resonaban todavía a lo lejos las notas del alegre terceto.

¡Solterona!... Pues bien, acepto el augurio...

20 de octubre.

Con gran desesperación de la abuela, Genoveva me envió al día siguiente los libros prometidos y desde entonces los leo y los devoro. Aunque la abuela dice que estoy ridícula con mis solteronas, la verdad es que las encuentro un serio interés. Mis estudios me deleitan y los continúo.

Hubiera deseado encontrar otra Isabel de Francia para tener derecho a sentar un sólido juicio sobre una base no menos seria; pero con gran sentimiento mío, la vocación del celibato no parece haber sido voluntaria en los siglos pasados. Casarse es decididamente una cosa de un orden esencialmente natural y parece que la solterona por gusto es una creación exclusivamente moderna.

¿De dónde viene?

Eso es lo que he procurado investigar con una paciencia tan extraordinaria como inusitada. He reanudado mis estudios en pleno feudalismo, en medio del vigoroso impulso del espíritu caballeresco. Me ha parecido curioso estudiar esa época, ya muy brumosa, en la que «Mi Dios y mi Dama» era el grito de los infanzones que iban a la batalla con una cruz en la mano y los colores de la señora de sus pensamientos en el corazón. Eso difiere un poco de nuestros jóvenes modernos, que no han conservado, evidentemente, esas nobles maneras.

¿Qué era esa dama evocada por la imaginación de nuestros antepasados?

Algunas veces era una delicada niña de púdica sonrisa; con frecuencia era la esposa de algún caballero renombrado, pero ni una sola vez, que yo sepa, se la encuentra bajo las facciones de una honrada y casta solterona. El estado neutro de que hablaba el Papa no está muy en honor ni en el mundo eclesiástico ni en la sociedad seglar. Preciso es añadir, por otra parte, que el enorme éxito de lo que se llamaba tan exactamente «cortes de amor» no era para fomentar el estado de virginidad ni para darle muchos elogios. El espíritu caballeresco, basado en el amor, debía ser hostil al celibato, y todas sus adoraciones y homenajes se dirigían a aquellas que, lejos de estar armadas contra los sentimientos tiernos, sabían animarlos graciosamente.