—Pues bien, Celestina—añadió Francisca muy seria,—encuentro que tiene usted razón. En su lugar de usted daría algún paso cerca del señor cura para obtener que Santa Catalina, que es una solterona de pacotilla, sea puesta en la puerta de la corporación y que San Pablo sea nombrado patrono en su lugar.
—¡Cuánta razón tiene la señorita y qué bien estaría eso!...
—Me apresuré a despedir a Celestina e hice reproches a Francisca. La aturdida no ha pensado que Celestina va a tomar todo esto en serio y acaso a intentar con el cura el paso aconsejado... En fin, ya veremos.
Reanudé mi narración de las solteronas para explicar el «inocente» de Celestina, y aquello fue un concierto de risas. Francisca por poco se ahoga con una castaña en dulce y Petra se atragantó completamente al beber el último sorbo de té.
Por fin se restableció el silencio y emprendimos una nueva conversación más seria, aunque sobre el mismo asunto.
Genoveva me preguntó con qué objeto hacía mis investigaciones, y le respondí que todo mi deseo era encontrar libros que me inicien en la introducción de las solteronas en la sociedad moderna, pues hasta ahora no me daba cuenta más que de la solterona involuntaria.
—Mi madre debe de tener algo sobre eso—dijo Genoveva después de reflexionar.—Buscaré y te enviaré todo lo que encuentre.
—Le di las gracias con efusión, y como se hacía tarde, unos campanillazos vinieron a poner término a nuestra alegre conversación. Era que venían a buscar a mis amigas.
Francisca fue todavía la que tuvo la última ocurrencia. Había ya salido de la antesala, cuando, dando media vuelta, vino hacia mí y me dijo con su gracia acostumbrada:
—Hasta la vista, solterona...