Cuando llegamos a mi casa ofrecí a todas las señoras una taza de té. Las de Brenay y Dumais tenían prisa por volver a sus casas, y rehusaron; pero las tres jóvenes aceptaron. Celestina, que sabe cuánto me gusta tomar un refrigerio al volver de paseo, lo preparó todo en seguida, y entre una galleta y una tostada continué mis confidencias.
La idea de que San Pablo, con gran escándalo de la abuela y gran contento de Celestina, era el padre de las solteronas, divirtió mucho a mis amigas. Francisca, que tiene siempre ideas originales, me pidió que llamase a Celestina para contemplar su gozo. Hícelo yo de buen grado y pedí una cosa cualquiera a mi buena vieja para explicar mi campanillazo.
—Y bien, Celestina—dijo Francisca,—San Pablo es un gran santo...
—Sí, señorita—respondió respetuosamente Celestina, que pareció mirar a Francisca con mejores ojos.—No es como ese inocente...
—¿Qué inocente?—interrogó Francisca asombrada.
—Ya te contaré eso dentro de un momento—dije.—Vamos, Celestina, dinos lo que piensas de San Pablo—continué dirigiéndome a la anciana, que se obstinaba en pasarse la mano por las narices como para quitarse una humedad molesta.
—Pienso—respondió la aludida, a la que halagaba la atención de que era objeto,—pienso que Dios ha enviado a San Pablo para impedir que las jóvenes se pierdan casándose.
—Pero, Celestina—dijo Genoveva con una débil sonrisa,—no es una perdición el casarse.
—Sí, señorita—aseguró Celestina;—en los hombres es puro vicio y en las mujeres una torpeza...
—¡Bueno!... Ya está la especie humana rápidamente juzgada—exclamó Petra en medio de las risas de todas.