—Pobre señor; su vida va a ser un perpetuo viernes...

Genoveva, para cambiar de conversación, nos llamó la atención sobre el paisaje de otoño que se ofrecía a nuestra vista.

—No, no, Genoveva, nada de poesía; nada de hojas muertas o a punto de morir... Estoy harta de eso... Hace veintitrés años que estoy contemplando las bellezas de nuestro pueblo y ya no me entusiasma la Naturaleza... Es aburrido.

—Qué alma de artista—murmuré in petto; y después, armándome de valor, me atreví a hablarles de mis estudios sobre las solteronas. Francisca aprovechó la ocasión para lanzar gritos de horror, que Petra imitó a la sordina. Envalentonada por la mirada de aprobación de Genoveva, conté mis descubrimientos sobre el origen de las solteronas y les dije que en los pueblos polígamos no las había.

—¿No?—exclamó Francisca.—Pronto, Petra, vámonos a esos pueblos felices.

—No creas que me conformaría con la vida de harén—respondió Petra en tono desdeñoso.

—Es verdad—exclamó Francisca;—ya he dicho otra tontería.

—No me extraña—dijo dando un suspiro la pobre señora de Dumais que nos había seguido.

—Esperaba eso de mamá—respondió Francisca con filosofía.

A mí tampoco me extrañan las reflexiones maternales...