—Tonterías... no. En realidad—añadió Francisca viendo que había ido demasiado lejos, estoy hablando en broma.—Me sacáis de mis casillas con vuestros gustos de celibato. Es horrible volverse un ser ridículo, malo, maldiciente y charlatán... una sobra.

—Yo no creo ser una sobra—protestó vivamente Genoveva.

—Tú, puede que no—concedió con generosidad Francisca,—pero las demás... Dios mío, no es ese mi ideal.

—Ni el mío—afirmó Petra.—A mí me gustará comerme el dinero de un marido muy rico.

—¡Comerte el dinero!—objeté.—¿Es eso todo lo que tú ves en el matrimonio?

—Evidentemente—respondió Petra con su gran aspecto de las cruzadas.—Comprenderás que si me caso con un plebeyo rico, no voy a pasar el tiempo en amar a ese caballero... Amar a su dinero y hacerle valsar, es otra cosa...

—Pobre plebeyo—dijo Francisca con compasión.—Estoy segura de que le harás ver que es un honor para él dejarse roer el dinero por tus lindos dientecitos aristocráticos.

Petra sonrió sin responder.

—¡Bah!—replicó Francisca sin poderse contener, una partícula no es cosa que se come...—¿Qué le vas a dar en cambio a tu marido?

—Nada—respondió Petra desdeñosa.