—¡Ah! como llegue a pasar al alcance de mi mano un pretendiente, os prevengo que salto a él y de grado o por fuerza le llevo al cura y al alcalde.
—¿Aunque no te guste?...—pregunté interesada.
—Un pretendiente gusta siempre.
—¿Aunque sea feo y viejo?
—Me tiene sin cuidado—respondió Francisca con su desenvoltura habitual.
—¡Oh!—dije indignada.—No creo que te casaras con alguien que no te gustara...
—¿No?... Como que le iba a dejar... ¿Estás todavía en los dichosos tiempos de los matrimonios por amor?
—¡Cómo!—exclamé consternada.—¿No estás tú ya en ellos?
—El amor sublime...—respondió la incorregible burlona;—creo que no me sentaría bien.
—Dices tonterías—hizo observar la prudente Genoveva, también muy sofocada.