—Y bien, Magdalena—exclamó de repente Francisca,—¿sigues defendiendo a las aiglemontesas?

—Como las ataques mucho, puede ser.

—¡Ah! veo que cedes, caballeresca Magdalena—exclamó Francisca triunfante.—El otro día te alzabas en los espolones como un gallo inglés.

—Si alguien enseñaba los espolones—dije reprimiendo una fuerte gana de reír,—no creo que fui yo...

—No, joven virtuosa; confieso que debió de ser mi modesta persona la que se agrió con los golpes repetidos que me asestan ciertas malas solteronas...

—Si tú las provocas, no tienes más que lo que mereces.

—Eso es, métete en esa pandilla, y contra mí además... ¡Ah!—dijo Francisca dando un gran suspiro,—bastante desgraciado es pensar que se va una a enmohecer como las otras en la piel de una solterona...

—Nadie te obliga a enmohecer—objetó Genoveva.

—Sí, se acartona una a pesar suyo cuando el celibato le ata las alas.

—Pues bien, cásate—exclamé.