Hoy he dado un buen paseo con el que no contaba. Estaban dando las dos cuando la campanilla sonó alegremente a impulso de un mano viva y nerviosa.

—Es la señorita Francisca, seguramente—dijo Celestina, yendo a abrir sin apresurarse.

Era ella, en efecto, que venía con Petra Brenay, Genoveva Ribert y sus madres, a buscarme para dar un paseo. Acepté con entusiasmo. La abuela tiene dificultad para andar y me confía con placer a esas señoras que me acogen siempre con gran amabilidad.

Genoveva y Petra son, como Francisca, de mis más antiguas amigas, y, como yo, son aiglemontesas de nacimiento.

Genoveva nuestra decana, frisa en los veintiocho años. Es una morenita delgada y esbelta, de facciones acentuadas y dulces al mismo tiempo. Elegante sin exceso, piadosa sin mogigatería y adicta sin ostentación, es enteramente mi ideal. A ella es a quien confío más fácilmente mis pensamientos, y la abuela, que aprecia mucho el carácter firme y leal de Genoveva, protege nuestra intimidad. Genoveva quiere permanecer soltera por gusto, según dice ella, pero la abuela, que no podría soportar semejante inconveniencia, asegura que es más bien por abnegación para su madre, a la que cuida y consuela en sus dolores físicos y morales. Yo soy de la misma opinión.

Petra es extremadamente fina y menuda, muy rubia y con una aristocrática silueta. Es la gracia hecha mujer, aunque un poco caprichosa y fantástica y algo niña mimada. Su padre, el Barón de Brenay, no ve más que por los ojos de su querida hija, que es la única bonita, la única bien nacida y la única posible. A fuerza de oírlo repetir, Petra lo cree y espera con serena convicción la hora encantadora y deseada en que la renta de sus veinte mil pesos de dote, o sean seiscientos pesos, le atraerán algún millonario por marido. Los señores de Brenay desean el millón, como es de suponer, y Petra, hija respetuosa, comparte enteramente las opiniones de sus padres. Está convenido que Petra no se casa con menos de un millón.

—No se puede vivir con menos de seis u ocho mil pesos al año—dice a cada momento el Barón de Brenay.

—Es lo justo para no morirse de hambre—añade la Baronesa.

Y como los dos tienen una fe ardiente y convencida en el valor de la partícula «de» colocada delante de un nombre, conservan la dulce o inocente ilusión de que toda la humanidad participa de esa fe. Un riquísimo plebeyo será indudablemente muy halagado al depositar a los pies de la divina Petra un número incalculable de billetes de banco... Esperan a ese novio ideal y le aceptan de antemano con una condescendencia muy divertida. Muchas veces nos reímos entre nosotras de los sueños dorados de Petra, pero sin permitirnos discutirlos. Los dogmas de fe no se discuten.

Dejando a las mamás que hablasen entre ellas, tomamos rápidamente la delantera en cuanto estuvimos fuera de la población.