Creí que se iba a desmayar de gusto al oír estas palabras.

—Ese es un santo bueno... Ese es un santo grande... Ese es un santo... santo. No hay como los apóstoles.

—No hay como los Papas—replicó la abuela.

Celestina es tan intransigente en sus ideas que no va a dejar vivir a la abuela con San Pablo. La guerra está declarada entre el apóstol y el Papa, ¡Pobre Inocencio IV! ¡Bueno le va a poner Celestina!

Estaba yo escribiendo estas palabras, cuando oí un golpe en la puerta y me vi entrar a Celestina muy sofocada.

—No comprendo—acabó por decir cuando pudo recobrar el uso de la palabra,—no comprendo que la señora dé tanta importancia a lo que dice un «inocente.»

—Inocencio IV no era un inocente—repliqué.—Fue, por el contrario, un gran Papa que se llamaba Inocente como tú te llamas Celestina.

—¡Bah!—dijo Celestina incrédula;—la señorita no me hará creer que nadie se llame Inocente sin tener buenas razones para ello.

Y me dejó muy indignada por lo que ella llamaba mi obstinación en defender a aquel «inocente.» Tenía yo razón al exclamar: ¡Pobre Inocencio IV!

18 de octubre.