—Es verdad—contestó el buen cura, que no quería contrariar de nuevo a la abuela.—Note usted, sin embargo, qué progreso en el desarrollo de la personalidad femenina denota ese proyecto de la Princesa... Cincuenta años antes supongo que no hubiera habido grandes escrúpulos para vencer la resistencia de una joven colocada en oposición directa con los suyos...
—Ese fue entonces el comienzo de la rebelión—objetó la abuela, levantándose para despedirse del cura, al que habíamos hecho perder un tiempo precioso.
—Nada de eso, señora—respondió con bondad el cura;—es el primer vagido de una personalidad que se ignora.
—¡Singular vagido!—dijo la abuela.—En fin... a San Pablo y San Agustín se lo debemos—añadió con rencor.—Verdaderamente, no puedo digerir eso...
—Sí, sí—respondió el cura con condescendencia,—ya lo digerirá usted. Ya verá, ya verá.
Y al acompañarnos galantemente hasta la puerta, nos dijo con malicia:
—Vayan en paz, señoras, vayan en paz...
Aquel deseo no debía realizarse, pues apenas entramos en casa, a la abuela le faltó tiempo para dar parte a Celestina del supuesto horror del Papa Inocencio IV por las solteronas.
—¡Eso un Papa!—exclamó Celestina.—Debe de ser, todo lo más, un Papa falso...
Iba la abuela a protestar vigorosamente, cuando me apresuré a calmar a Celestina recordándole las palabras de San Pablo: «El que casa a su hija hace bien; el que no la casa hace mejor.»