—Lo que probablemente respondería Isabel de Francia...

—Isabel—continuó el cura,—escribió al Papa una larga carta para justificar su conducta y solicitar su perdón. «No soy una rebelde—decía,—ni una desobediente; quiero obedecer y morir a vuestros pies, cuando me hayáis hecho el favor de oír una sola palabra para mi justificación.» Inocencio IV había hablado a la Princesa de la excelencia y de la santidad del matrimonio...

—¡Qué gran Papa!—exclamó la abuela llena de admiración.

—...Isabel respondió en estos términos: «Sé que el matrimonio es honroso, y el lecho de las esposas castas inmaculado; pero no puedo olvidar lo que dijo el apóstol San Pablo...»

—¡Otra vez San Pablo!—gruñó la abuela...—¡Qué santo!...

—«...Que hay que tener una santa emulación por los dones de Dios y desear los más excelentes. He oído con frecuencia que la virginidad está tan por encima del matrimonio como la claridad del sol sobre la de las estrellas. Es la vida que Jesucristo ha consagrado en su purísima carne y aquélla de que la Santísima Virgen nos ha dado ejemplo. ¿Qué daño hago a mi nacimiento renunciando al hijo del Emperador para casarme con el soberano Monarca del Cielo y de la tierra? El poco conocimiento que tengo de las letras sagradas no me permite ignorar unas palabras de San Agustín, que dice: «Más vale dar vírgenes a Jesucristo que Césares al mundo.»

—Es encantador que también San Agustín se meta en esto—dijo la abuela.—Y añadió volviéndose hacia mí.—¿De modo que las ideas de la Princesa son las tuyas?

—No por completo—confesé.—La Princesa es una santa y yo no. Además, su celibato no es más que una vida religiosa...

—Precisamente—confirmó el cura.—La historia nos enseña que si la Princesa Isabel ganó su causa, no perseveró en su deseo de celibato mundano. Rompiendo con aquella vida neutra que afligía al Papa, se hizo monja, y murió siéndolo.

—¡Bah!—dijo la abuela,—para ser una solterona tan convencida de su derecho, la Princesa no tuvo mucha perseverancia...