—¡Infelices!—exclamé llena de conmiseración por aquellas hermanas de antaño.

—Los siglos pasados—continuó el cura, que se creía en su cátedra,—están llenos del ruido de esas vocaciones obligatorias, gracias a las cuales no había entonces más que pocas o ninguna solterona en el mundo. La totalidad o poco menos de las mujeres no casadas, eran entonces encerradas en los conventos...

—¡Qué admirado debió estar San Pablo con semejante éxito!—exclamé con una risa tan ruidosa que la abuela se estremeció.

—San Pablo...—murmuró con rencor,—San Pablo es un mal santo.

—¡Oh! señora—respondió el cura descontento,—San Pablo es la gloria de la Iglesia... Pero como no quiero que le crea usted el padre de las solteronas voy a leerle una carta muy curiosa del Papa Inocencio IV a propósito de las solteronas. Allí verá usted la doctrina de la Iglesia en plena Edad Media, y, por consecuencia, una rehabilitación de San Pablo.

El cura desapareció un instante en su biblioteca y volvió con un gran librote que abrió por la página en cuestión.

—Se trata, señoras—dijo,—de la Princesa Isabel de Francia, hermana de San Luis. Aquella virtuosa Princesa resolvió no casarse, siendo así que su hermano deseaba que lo hiciera con el hijo del Emperador Federico II. Si la Princesa hubiera querido hacerse religiosa no hubiera encontrado ciertamente ninguna oposición en su familia, pero la desgraciada hablaba de celibato mundano... «No tendré—respondía a todas las instancias,—otro esposo más que Jesucristo; sin pasar el resto de mis días en un claustro, viviré en medio del mundo en un estado de virginidad.» Blanca de Castilla, su madre, y el Rey Luis IX, su hermano, a quien esta resolución contrariaba en extremo, se dirigieron al Papa Inocencio IV para que la combatiese. Inocencio escribió a la Princesa una carta llena de razón y de dulzura, en la que se esforzaba por demostrar a la joven qué desagradable sería para la familia real contar con una «solterona» entre sus miembros.

El cura recalcó la palabra «solterona» con entonación tan burlona, que la abuela y yo soltamos la carcajada.

—Escuchen ustedes la lectura de esta carta, que va a consolar a usted, señora. «Me dicen—escribía el Pontífice,—que queréis vivir en el mundo y que vuestra inclinación os lleva a hacer en él una existencia separada de los vivos, sin pretender el matrimonio ni las esperanzas de posteridad. Sin embargo, según me informan, no tenéis la intención de entrar en un monasterio para vivir en él en la profesión religiosa, sino que vuestra mente se forma una vida neutra que no es ordinaria en el siglo y que no puede recibir la aprobación de aquellos a quienes debéis obediencia.»

—Eso está bien hablado—exclamó la abuela;—Inocencio IV me consuela de San Pablo... ¿Qué tienes que responder a esto, hija mía?