—¿Por qué?—pregunté interesada, mientras la abuela se reponía de su indignación.

—A consecuencia de los cambios que las invasiones de los bárbaros trajeron a las costumbres y, sobre todo, a causa de la transformación propia de las cosas humanas. San Pablo no había dado más que un consejo y los siglos que siguieron encontraron en él un amplio permiso para condenar a una cantidad innumerable de mujeres, no al celibato mundano voluntario, sino al celibato religioso forzado, tan penoso para las almas a quienes no atrae una vocación especial...

—¿En interés de qué?—dije más y más poseída de mi asunto.

—En el interés personal de las familias de entonces. Vamos a ver, Magdalena—dijo el cura en tono regañón,—un poco de memoria... Usted debe de recordar la historia... Pues bien, dígame usted lo que sepa de la transformación de las leyes en el momento de la invasión de los bárbaros.

—No es difícil, señor cura—respondí con entusiasmo.—Ayer precisamente he estado hojeando la «Historia moral de las mujeres» de mi amigo Legouvé, y he visto que las luchas perpetuas y las guerras continuas acabaron por poner los bienes en manos masculinas. Entre los invasores, las hijas estaban excluidas de la propiedad.

—Bien—dijo el cura con satisfacción,—muy bien...

—Los bárbaros decían: «Nada de hijas ante los hijos,» lo que no es justo—añadí con convicción.

—Eso es un detalle—dijo el cura en tono doctoral.—¿Y qué pasó después de la conquista?

—Una cosa muy sencilla, señor cura. Los dueños del suelo, en plena y legítima posesión de sus bienes, no tuvieron más que un deseo, asegurar la conservación de esos bienes en toda su integridad a una descendencia única. El feudalismo no dice ya «nada de hijas delante de los hijos,» sino «nada de hijos delante de los primogénitos...»

—Perfectamente—exclamó el cura.—Va usted a ver en seguida el encadenamiento de los hechos. Por una rara asociación de ideas, la dureza del padre de familia, que excluye de su herencia a la totalidad de sus hijos menos uno, se une a la fe sincera del creyente que quiere la prosperidad de la religión. Estos dos sentimientos, al parecer, inconciliables, impulsan al padre de familia a poner continuamente en práctica y hasta exagerar el consejo de San Pablo... Así pues, no se casa a las hijas más que cuando se encuentra una unión ventajosa para el padre o para el hijo mayor; en el caso contrario, se las mete en un convento, sean los que quieran sus gustos o deseos.