—No, señor cura, no es eso. Esta chica nos marea suponiendo que sólo el cristianismo ha hecho las solteronas...

—¿Y usted quisiera que yo le dijese que se equivoca?—preguntó el cura maliciosamente.

—¡Oh! sí, señor cura—suspiró la abuela.

—Pues bien, señora, para complacer a usted, quiero recordar a Magdalena el respeto que debe a esos cabellos blancos—prosiguió el cura con su franca sonrisa.—Pero no puedo desmentirla por completo en cuanto a lo demás...

—¡Imposible!—exclamó la abuela.—No va usted a decirme que es el cristianismo el que ha hecho las solteronas... No, no... Eso es una herejía...

—Sin embargo, señora, las palabras de San Pablo son formales. «El que no estando obligado por ninguna necesidad y siendo enteramente dueño de hacer lo que quiera, ha tomado la firme resolución de guardar su hija, hace bien. Porque el que casa a su hija hace bien, pero el que no la casa hace mejor.» ¿Lo oye usted, señora? San Pablo dice «hace mejor...»

—¡Ah!—exclamó la abuela indignada,—jamás hubiera esperado semejante lenguaje de un apóstol y un santo...

—Cálmese usted, señora—dijo el cura muy divertido,—y observe qué alivio representaba el consejo de San Pablo a los padres de familia de la época, obligados por las leyes a casar a sus hijas e impotentes por las costumbres para hallar el esposo obligatorio...

—No—exclamó la abuela,—no hubiera creído jamás que un apóstol, que un santo, aconsejase el celibato mundano...

—Y en esto tiene usted razón—respondió el cura.—Tan lejos ha estado San Pablo de hacer la solterona, que no se encuentran muchas en los primeros siglos del cristianismo, ni en la Edad Media ni, siquiera, en los tiempos modernos.