A mi vez cobré valor.
—Deje usted a Magdalena estudiar su cuestión de las solteronas, puesto que eso le interesa. Acaso nos descubrirá cosas asombrosas—añadió con una risa sonora que hizo temblar los cristales del despacho.
—Señor cura—dije en tono de protesta,—si usted supiera cuánto deseo complacer a la abuela...
—Eso está muy bien dicho, pequeña—respondió la abuela muy contenta.
—Vaya, la señorita Magdalena no se quedará solterona, lo preveo—dijo el cura sin dejar de sonreír.
—No será porque no las quiera ni porque no las defienda—contesté arriesgando una mirada del lado de la abuela.
—Sí, sí, usted quiere jugar a los perros de Terranova—exclamó el cura satisfecho al ver que estábamos más contentas.—Tiene usted razón. La solterona de otro tiempo, aquella caricatura física de la mujer, ha dejado, casi, de existir. Ya no se encuentran aquellos buenos tipos clásicos de trajes anticuados y estrechos como sus ideas. La solterona actual es con frecuencia una mujer de gusto, cuando no es la mujer de todas las caridades y de todas las abnegaciones.
—¡Ah!—exclamé aturdidamente,—siendo el cristianismo el que ha hecho posible la vida de la solterona, es muy natural que inspire esa vida...
—Otra tontería de Magdalena—murmuró la abuela.
—¿Cómo?—dijo el cura con estupor,—¿encuentra usted que Magdalena ha dicho una tontería porque quiere que el cristianismo inspire la vida de la solterona?