—Precisamente—exclamó Brenay con acento de aprobación.—El teniente Cotorrac...

—¿Es posible—dijo la señora de Brenay confundida,—que con semejante nombre se atreva a pensar en mi hija?...

—¡Ah!—gimió Petra,—estoy avergonzada... Qué apellido para anunciar en un salón... La señora de Cotorrac...

La desesperación de Petra era tan franca, que reprimí valerosamente toda hilaridad. Y tuve mérito, porque la escena era divertida.

—¡Cállate, hija mía, cállate!... Ese ganapán, ese perdido merecería seis meses de castillo por haberse permitido pensar en ti... ¡Si volviera el antiguo régimen!

—Si se nos permitiese solamente hacer que nuestros criados dieran una buena paliza a esos insolentes...—acentuó la señora de Brenay,—no pasarían estas cosas.

—Dios mío—se atrevió a decir la abuela, bastante divertida en el fondo por aquella tragicomedia.—¿Creen ustedes que el crimen no tiene excusa?... Petra es tan linda y tan seductora...

—Mi hija no debe ser linda ni seductora para quien no es de su clase—gruñó el padre.

—Un pobre diablo puede tener ojos—añadió la abuela,—y hasta corazón... Y si ese pobre diablo es un oficial y tiene mil doscientos pesos de renta... la cosa cambia de punto de vista.

—No cambia nada—exclamó Brenay.—¿Es bien nacido?... No... ¿Tiene fortuna?... No... ¡Ah! el lado vergonzoso del negocio es que ese mozo afirma que está loco por mi hija...