—Papá, por Dios, no repitas semejante cosa...
—¿Y qué?—preguntó la abuela.
—Que es un amor inadmisible—respondió Brenay con su voz más mordaz,—que estoy seguro de que hace estremecerse de horror en sus tumbas a todos los Brenay pasados...
—Sin contar los Mauval a que yo pertenezco,—apoyó la de Brenay.
La abuela se esforzó en vano por establecer que la respetabilidad personal, las cualidades del joven, su sinceridad y su lealtad evidente eran dignas de otra acogida. Ni el señor de Brenay ni su mujer quisieron conceder nada, y Petra, herida en su amor propio, no consintió tampoco en deponer su cólera.
Después de un cuarto de hora de una conversación difícil, cuyo asunto era imposible de cambiar, tan violenta era la exasperación reciente, la abuela se levantó con gran satisfacción mía. Yo, que me complazco mucho habitualmente con la compañía de Petra, fui feliz al dejarla. Tales prejuicios de casta, o de pandilla, como diría Francisca, son tan extraordinarios que me producen el efecto de un gran anacronismo.
—¡Bah!—dije a la abuela, que estaba un poco sublevada con lo que acababa de oír;—supongamos que vivimos en el siglo XVIII en lugar de encontrarnos en el XX, y todo será natural...
—Las enseñanzas de la historia son letra muerta para muchos—murmuró la abuela...—Es curioso—añadió,—el ver cuántas personas inteligentes hay entre nosotros a quienes la historia no ha enseñado nada.
—¡Aprender!... Esa es toda la filosofía de la vida, abuela querida... Pides demasiado.
La abuela, sorprendida, me miró atentamente.