—Y bien, ¿cómo van esos estudios?—dijo el cura con una risa sonora que hizo estremecerse hasta las tenazas de la chimenea.
—Están suspendidos, señor cura.
—¿Por qué?
—Porque no encuentro el lazo que debe unir a la solterona involuntaria de otro tiempo con la de hoy. He llegado casi al fin del siglo XVIII y me falta una Princesa Isabel...
—¡Dios mío!—gimió la abuela,—no se concibe semejante obstinación.
—Sí, señora, ciertamente—respondió el cura con bondad.
Y añadió dirigiéndose a mí:
—Si necesita usted absolutamente una princesa, me parece que la Corte de Luis XVI le ofrece una solterona distinguida...
—¡Qué aturdida soy!—dije con convicción.—Es verdad, olvidaba a madama Isabel, la hermana de Luis XVI...
—Sí, madama Isabel, sin hablar de otras ilustres solteronas. En cuanto al lazo que usted reclama entre las solteronas involuntarias y las voluntarias, existe muy claro. ¿Qué hace usted de la Revolución y del Código de Napoleón?...