—Nada absolutamente, señor cura—dejé escapar a pesar mío.—Esas dos cosas no me dicen nada que valga.

—Pues es un error—respondió el cura.—La Revolución y el Código de Napoleón, por el establecimiento de principios nuevos y por la abolición del derecho de primogenitura, han dado a las jóvenes de las clases acomodadas una independencia real para permitirles vivir como les acomoda. De aquí se deduce...

—¿Entonces, señor cura—preguntó la de Ribert muy interesada,—usted cree que la Revolución y el Código entran por mucho en este temor del matrimonio que manifiestan tantas jóvenes modernas...

—Evidentemente... ¿No se nota ese temor precisamente en la burguesía?...

—Sí, es cierto. Sin embargo...

—No hay sin embargo—afirmó el cura con autoridad.—Desde el momento en que se suprimió el derecho de primogenitura y la mujer mayor, no casada, fue admitida a gozar de sus bienes, se ha desarrollado, por la fuerza de las cosas, el gusto por el celibato voluntario. Abra usted el Código...

—No, no—dijimos en coro,—la cosa no es distraída.

—Pues bien, no le abran. Pero si le abrieran, verían que la mujer soltera es más generosamente tratada que la que se encuentra bajo la potencia del marido. La primera goza de todos sus derechos en cuanto es mayor de edad; la segunda es una eterna menor.

—Pero dije cautivada por la demostración;—entonces usted cree...

—Sin duda, sin duda—replicó el cura.—Es claro que al convertirse la soltera en protegida del Código, el celibato, hasta entonces objeto de aversión, adquiere rápidamente, bajo el imperio de nuevas costumbres, toda la apariencia de una posición escogida.