—Si lo que usted dice es exacto—repuso la abuela olvidando su antipatía por este asunto,—habría que buscar en esa transformación de las leyes el comienzo de otras muchas evoluciones.
—Así lo creo, señora—respondió el cura.—La evolución femenina de que habla todo el mundo, me parece que no tiene otra causa primera. Los cambios de hechos acarrean siempre cambios de ideas, cuando no es el cambio de éstas lo que produce el de los primeros.
—Es curioso, muy curioso—exclamó la de Ribert.—Sin embargo—objetó,—no comprendo bien la importancia extraordinaria que da usted al Código de Napoleón desde el punto de vista femenino.
—Va usted a comprenderlo—respondió el cura, muy contento por la atención de su auditorio.—Por primera vez en la historia de los siglos, la mujer de las clases acomodadas es llamada de soltera a la libre posesión de sus bienes de familia. ¿Cómo quiere usted que tal evolución no traiga consigo otra?
—Es verdad—dijo Genoveva,—todo se enlaza.
—Usted me comprende, señorita Genoveva—dijo el cura con una mirada de aprobación.—La mujer que posee, es naturalmente una mujer que obra y llega a ser por la fuerza de las cosas una personalidad con la que hay que contar.
—¡Qué lejos estamos—exclamé,—de las leyes de Manou, del Génesis y del Corán!... Unas y otras declaraban con una notable unanimidad que la mujer sin marido no era nada y no podía nada...
—Sí—aprobó el cura,—todo está muy cambiado. Las mujeres, que no eran nada en otro tiempo, están a punto de serlo todo, gracias a las solteronas—añadió con malicia.
—¡Todo!—exclamó la abuela.—Las solteronas son entonces, según usted, abominables feministas....
—No, no—respondió el cura divertido por la alarma de la abuela.—Usted exagera... Afirmo sencillamente que la posesión legal de los bienes fomenta en la soltera el desarrollo de su personalidad. Y hay que confesarlo, no se puede creer que el desarrollo de la personalidad en la mujer sea un excelente factor de matrimonio.