—Es verdad—aprobó la de Ribert.—La independencia de bienes provoca la de la voluntad y la de la mente. No querría deducir que la independencia del corazón sigue el mismo movimiento, pues eso traería serias consecuencias. Pero hay una evidente propensión a un individualismo que, como usted dice, está muy lejos del matrimonio.
La abuela no pudo contener una exclamación de horror.
—Sí—dijo el cura pensativo sin ocuparse ya de los suspiros de la abuela,—el individualismo es ahora una especie de contagio. Es la idea fija de muchas jóvenes... ¿Es un bien o un mal?... El porvenir lo dirá. Por el momento, se hace un pedestal a la mujer moderna sin pensar que, acaso, el individualismo llegará a ser sinónimo de egoísmo...
—No, señor cura—respondió Genoveva con energía.—Se puede tener una personalidad bien caracterizada sin caer en el horrible defecto que usted señala.
—He dicho «acaso» y no «ciertamente...» Hay en esto un escollo, un gran escollo. Muchas jóvenes—añadió con tristeza más acentuada, mirándome con fijeza;—muchas jóvenes de las mejores y de las más inteligentes, no sienten ya la necesidad de apoyarse en el brazo de un marido...
—Y bien—dijo alegremente la de Ribert mientras la abuela volvía a suspirar,—tanto mejor... Puesto que se dice que ya no es posible casar a las hijas, dichosas la que no tienen la vocación del matrimonio.
—Sí, lo concedo—dijo el cura.—¿Pero por qué ese estado de alma reina precisamente entre las jóvenes que se casarían más fácilmente? Sí, es bueno en general que las jóvenes no coloquen en el matrimonio su única probabilidad de dicha...
—¡Pobre probabilidad!—interrumpió la de Ribert.
—...Es preciso, sin embargo, no complicar la situación haciendo que se implante demasiado ese miedo del matrimonio.
—Eso es lo que me canso de decir—exclamó la abuela.—Es malo, es espantoso...—acabó en el último grado de la indignación.—¡Ah! señor cura, señor cura... ¿Qué ha hecho usted de Magdalena?