—Caín, ¿qué has hecho de tu hermano?—parodió dulcemente el sacerdote.—Pero señora,—continuó con más vivacidad,—no he hecho nada malo de Magdalena, que yo sepa. Es verdaderamente buena,—añadió con la satisfacción del que se complace en su obra moral, mientras sus buenos ojos se fijaban en mí con una indulgencia enteramente paternal.

—Sí, lo concedo, no es mala—dijo la abuela halagada en su amor maternal.—Pero esa personalidad... ese modo de bastarse a sí misma...

—Ya sé, ya sé—replicó el cura confuso.—Verdaderamente, no había previsto ese peligro.

—¡Un peligro!—exclamó la de Ribert, contenta al ver al cura habérselas con la abuela.—¿Dónde ve usted ese peligro?

—Un peligro desde el punto de vista del matrimonio, se entiende—explicó el sacerdote.—Involuntariamente, al armar a las muchachas para el famoso struggle for life, las armamos contra el matrimonio. En el día en que sienten verdaderamente que son alguien, saben por esto mismo razonar. Ahora bien, el razonamiento mata la ilusión; la ilusión perdida da el golpe de muerte a la confianza; y aniquilada la confianza, ¿dónde quiere usted que se coloque el amor en un corazón femenino?... Pero, en realidad—continuó el buen cura levantando la cabeza con confianza,—Magdalena no ha dicho que renuncia al matrimonio.

—Sí, sí, haga usted el buen apóstol... ¿No ve usted que va por ese camino?

—Todavía no, señora. Magdalena está en el período de la reflexión.

—Admito que reflexione sobre tal o cual pretendiente, señor cura, pero sobre el matrimonio... sobre el matrimonio...

—San Pablo, señora...

—No me hable usted de San Pablo, por amor de Dios—dijo la abuela con agitación.