—Y bien, Magdalena—preguntó la de Ribert para evitar a San Pablo una nueva algarada;—¿qué tiene usted que reprochar al matrimonio, hija mía?
—El marido—respondí con sincera convicción.
—¡El marido!—exclamó la de Ribert riendo, con gran contento de Genoveva, que gozaba deliciosamente de la alegría de su madre.—¡El marido!... Qué gran verdad...
La abuela, consternada, nos miraba a las tres alternativamente con tal expresión de reproche, que el cura tomó el prudente partido de dejarnos para cortar la conversación. La de Ribert y Genoveva se quedaron todavía unos instantes, y cuando vieron tranquila a la abuela, se levantaron con la promesa de vernos muy pronto.
—Estas señoras son muy amables—dijo la abuela en cuanto se marcharon,—pero es lástima que tengan ideas falsas... ¡Qué mal se razona ahora!... En mi tiempo no era así.
—En tu tiempo, abuela—repliqué apoyando dulcemente la cabeza en su hombro,—todo el mundo era perfecto.
—Aduladora—respondió la abuela dándome un beso.—Bien sabes que haces de mí todo lo que quieres...
Y se firmó la paz con otro beso.
¡Ah! si la abuela quisiera ser razonable, qué felices seríamos...
24 de octubre.