Hay personas a quienes la suerte se complace en jugar malas pasadas. Y ese es mi caso...
Creía la paz asegurada enteramente entre la abuela y yo y me preparaba a gozar de nuevos días de serena tranquilidad, cuando esta mañana la abuela me dirigió este discurso:
—Hija mía, puedes hacerme justicia...
—No tengo otra intención, abuela.
—Te dejo perfectamente libre para tomar el pulso a tu vocación futura...
Aquí hice un movimiento de cabeza afirmativo.
—Pero estimo que si esos estudios preliminares van a durar diez años...
—¡Adiós!... Estoy cogida.
—...No habrá ya para ti ninguna probabilidad de matrimonio.
—¿Y la señorita Romanot, que acaba de casarse a los treinta y ocho años?... ¿Y la de Ormont, cuya cuadragésimasexta primavera ha conocido al fin los triunfos del matrimonio?... ¿Dónde me las dejas?