—Son ejemplos que no hay que seguir. Considero sencillamente esas uniones tardías como asociaciones amistosas y no como matrimonios.
—¡Bah! todo lo que se busca hoy es una asociación amistosa.
—¡Otra vez!—exclamó la abuela con alguna impaciencia.—¿Soy yo, a mi edad, quien debe recordarte las ilusiones de la tuya?... Dios mío, qué desabridas y singulares son esas muchachas...
—No es culpa mía. La desilusión y la singularidad están en el aire que se respira.
—Empiezo a creerlo—replicó la abuela descontenta.—Pero como quiero cumplir con mi deber a pesar de todo, quiero verte aceptar dócilmente, al lado de tus estudios sobre las solteronas...
Aquí la abuela se encogió de hombros con expresión de supremo desdén.
—...Un examen atento de las proposiciones de matrimonio que se te puedan hacer...
—Abuela, me habías prometido...
—Te he prometido no influir en tu resolución definitiva, sí, Magdalena. Lo que no he prometido es dejarte echar a perder tu vida como lo estás haciendo.
—Abuela—protesté,—soy tan feliz... No trato más que de estar a tu lado.