—Sí, ya lo sé, mala nieta... Y eso es lo que no comprendo... A los veinticinco años encontrarse dichosa sin el apoyo de un marido, no es natural...

—Además, querida abuela, ¿para qué necesito un marido puesto que te tengo a ti?

—¿Para qué?... ¡Ah! Magdalena...

Y la abuela, suspirando fuertemente, me miró con tierna piedad. No me comprende, es seguro, y yo no la comprendo tampoco.

—He recibido hace un momento—prosiguió la abuela,—una esquela de nuestro notario y amigo el señor Boulmet, que me ruega que le reciba a las dos. No me oculta que su visita tiene por objeto un proyecto de matrimonio...

—¡Oh! no, no—exclamé con espanto.—¡Ah! San José...

—He dicho un proyecto y no un matrimonio... Te dejo absolutamente libre de resolver lo que te acomode, pero quiero...

La abuela puso en esta palabra toda su energía.

—...Quiero que estés presente en la entrevista. A los veinticinco años debe una mujer decidir ella misma su vida... Te prevengo que no toleraré más que te sustraigas a la menor petición de matrimonio como lo has hecho hasta hoy.

—Pero abuela—repliqué victoriosa,—sabes que no estaré libre a las dos. La señora de Dumais y Francisca van a venir a buscarme para ir a paseo, de modo...