—Escribe dos letras a Francisca para excusarte—respondió la abuela con su tranquila firmeza de los grandes días.
Cuando la abuela se expresa así no hay más que obedecer, y así lo hice.
A las dos en punto, el señor Boulmet, tieso y atildado como de costumbre, entró en el salón bajo la poco benévola mirada de Celestina, que sospecha evidentemente algo. Habitualmente encuentro muy bien al señor Boulmet, pero hoy me es sencillamente odioso...
Su cráneo desnudo me parecía el receptáculo de un mundo infinito de malos pensamientos; aquellas dos cositas brillantes que esconde bajo sus anteojos de oro despedían para mí fulgores satánicos, y hasta su bigote gris, de aspecto ordinariamente bondadoso, tomó a mis ojos una significación agresiva. Hízome estremecer su perfecta levita negra abierta sobre una correcta corbata, y el alto cuello en que el señor Boulmet aprisiona las gracias conquistadoras que le quedan, me pareció una alusión directa a la dicha del matrimonio.
El señor Boulmet me conoce demasiado bien para no echar de ver que su visita, o más bien, su objeto, me entusiasmaba poco.
—Ea, Magdalena—me dijo después de los primeros cumplimientos,—no ponga usted esa cara tan triste. Qué diablo, un matrimonio no es un entierro...
—Casi—exclamé dando un suspiro.
—Entonces—preguntó el notario volviéndose hacia la abuela,—¿la conversión no se ha verificado?...
—¡Ay!—murmuró la abuela.
—Es muy singular—siguió diciendo el señor Boulmet.—¿Querrá usted creer, señora, que su nieta de usted no es una excepción y que existe esta antipatía por el matrimonio en una gran parte de mi clientela?... Así como las jóvenes sencillas y sin gran instrucción ni dote parecen entusiasmadas por el matrimonio, las dotadas de talento y fortuna manifiestan respecto de él una frialdad significativa.