—Semejante disposición huele a feminismo—dijo la abuela pensando todavía en la conversación del cura con la de Ribert.

—¡El feminismo!... ¡El feminismo en Aiglemont!—exclamó con horror el Señor Boulmet.—Me deja usted estupefacto, señora... Después de todo—añadió volviendo a tomar su aspecto profesional,—tengo tan poco tiempo para ocuparme en semejante cuestión, que me dispensará usted si me declaro incompetente.

—Sí, lo comprendo—respondió la abuela.—Pero dígame usted, entre nosotros, ¿qué piensa usted de estas jóvenes de hoy?

—Que son muy viejas para su edad.

—¡Gracias a Dios que encuentro alguien de mi opinión!—exclamó la abuela triunfante.

—Sí, confieso que estas cuestiones nuevas me confunden un poco y trastornan también mi estudio... Tenemos menos contratos de matrimonio y, sobre todo, menos buenos contratos... Es muy deplorable... Sé que habitamos en un clima templado y que éstos son especiales para las solteras...

—¿Por qué?—pregunté interesada por mis queridas solteronas.

—Porque la acción del clima influye en el desarrollo de la vida de familia y en el temperamento personal.

—¿Cómo?—pregunté con emoción y sorpresa.

—Porque las ideas más serias... una naturaleza más fría... y una gran dificultad para los cuidados materiales son las causas de esta propensión al celibato.