—¡Gran Dios! hacia los polos eso debe de ser un ideal...
—No—respondió el notario sonriendo por mi ardor.—En los países muy fríos las dificultades de la vida son tales y los rigores del clima tan implacables, que la gente se casa con entusiasmo por motivos opuestos a los que hacen de los meridionales celosos partidarios del matrimonio. Allí se necesitan los unos a los otros, y la existencia de una solterona...
—Sería un escándalo—añadió la abuela contenta al ver que había en la tierra numerosas personas sensatas.—Pero—continuó,—no nos extraviemos... Magdalena me ha prometido escuchar cuerdamente la proposición que nos hace usted el honor de trasmitirnos. Cuento con su razón y con sus sentimientos para hacerle comprender que tiene algo mucho mejor que hacer que permanecer solterona...
—Evidentemente—exclamó el señor Boulmet.—Una joven tan bonita, tan inteligente, tan instruida... Una mujer superior...
—Señor Boulmet—dije en tono de súplica, ofendida por unos cumplimientos que tomaba por una burla.
—Con tan hermoso dote—prosiguió nuestro notario,—sería una lástima... Su boda de usted sería para mí la ocasión de uno de mis mejores contratos.
Después sacó una cartera, cogió unos papeles y siguió diciendo:
—Vean ustedes la proposición que vengo a comunicarles. Mi colega de Plany en Val me escribe que está encargado por uno de sus clientes de encontrar una joven de buena familia, de 22 a 26 años, bonita, seria, bien educada y perfecta dueña de su casa, que tenga tanto en dote como en esperanzas...
—¡Oh!—exclamé con indignación.
—¿Qué hay?—me preguntó el notario muy tranquilo.—Acaso la palabra esperanzas... Es el término corriente.