—Sí—respondí mientras sentía en el corazón un agudo dolor,—es el término para hablar de la muerte de las personas queridas... La esperanza, palabra de alegría y de dicha, se convierte en ciertas circunstancias en sinónima de tristeza y de luto...
Boulmet hizo el gesto vago de un hombre que no puede cambiar nada de las cosas y siguió su relato sin que la abuela hubiese manifestado la menor emoción.
—Decíamos que debe tener, tanto en dote como en esperanzas de cuarenta a sesenta mil pesos; Magdalena me ha parecido que estaba indicada. Los 28.600 pesos que tiene de sus padres y los 20.000 que usted le dejará, la ponen en una bonita situación. Sé que para la mayor parte de nuestros modernos «Arribistas» no será mucho, pero como el joven en cuestión se contenta, todo está bien. Así, pues...
—¿Y el joven?—preguntó la abuela.
—¡Ah! es verdad; olvidaba hablar del joven... Pues bien; ese caballero me parece perfecto. Hasta ahora ignoro su nombre y sólo sé que es un industrial del norte del departamento. Linda fábrica de familia, grandes esperanzas, 31 años, bien parecido, buena salud, bien educado, principios religiosos...
—Perfectamente—exclamó la abuela,—queremos ante todo principios religiosos...
—Tiene actualmente 40.000 pesos de capital y gana un año con otro de cuatro a cinco mil pesos.
—Soberbio—exclamó la abuela encantada.—¡Oh! querido amigo, qué agradecimiento...
—Tiene un automóvil, caballos, coches...
—¡Dios mío! qué hermosa vida puedes hacer... Veamos, responde algo, Magdalena.