¡Oh! no, no es así. A Dios gracias, no todas las solteronas tienen la devoción llena de hiel ni son tan falsas y mordaces. Si hay entre ellas frutas podridas, no lo están todas, por fortuna, y las hay sanas y agradables de saborear en las relaciones cotidianas... Los pensamientos se agolpaban en mi pobre cerebro y me hacían sufrir. Me preguntaba lo que valen a los ojos de Dios las oraciones de esas malas almas... ¿Las escucha?... ¿Las perdona cuando por toda reparación pasan unas cuentas del rosario creyendo que eso basta para expiar una calumnia o una maledicencia?...

Empezaba a sentirme muy severa para todas esas faltas y sus autoras, cuando me llegó la vez de confesarme.

Las buenas palabras del cura me repusieron tan pronto como las otras me habían desequilibrado. Encontré por milagro mi serenidad habitual y perdoné por completo a mis detractoras.

En cuanto entré en casa corrí al cuarto de la abuela y le dije que estaba decidida a hacer lo que ella deseaba. Le di la segunda edición de la conversación de mis charlatanas esperando un gran acceso de indignación, pero no hubo nada de eso. La abuela sonrió con perfecta tranquilidad.

—¿Tienes la pretensión, Magdalena, de reformar las cabezas y las lenguas?

—De ningún modo, abuela.

—Entonces, hija mía, ¿qué te importa?

—Me subleva oír hablar mal de todo el mundo... y en la iglesia sobre todo.

—Dios está en todas partes—respondió la abuela,—y ofenderle aquí o allá siempre es ofenderle.

Después, cambiando de conversación, la abuela, muy alegre, me anunció que corría a casa del notario para darle la buena noticia y pedirle algunos informes complementarios.