Estaba yo tan indignada que me quedé incapaz de todo esfuerzo de voluntad.

¡Cómo!... Yo doy guerra a la abuela, tengo un carácter infernal y, por añadidura, no soy seria... La cosa era fuerte.

Detrás de mí seguía el susurro, pero con pausas. Bien necesitaban tomar aliento... Al cabo de unos instantes las dos buenas almas echaron de ver probablemente que no estaban nada edificantes o se les acabó el asunto de la conversación.

—Querida—dijo una de ellas,—me está usted distrayendo.

—Es verdad—confesó la otra,—y voy a rezar humildemente un diez del rosario para pedir perdón a Dios.

Se puso de rodillas y sentí pasar por mis cabellos su aliento de víbora. Yo también me arrodillé para evitarlo. Estaba furiosa.

En la calma de la capilla apenas iluminada por el resplandor rojizo que entraba por los vidrios, me sentía irritada y nerviosa. Quería rezar y no podía... En vez de formular actos de contrición no hacía más que repetir:

—Estúpidas, perversas, ridículas... ¡Estas solteronas!...

Mi imaginación excitada no tenía en cuenta el sitio en que estaba; y en la sombra del altar, apenas visible entre los fieles, me parecía ver levantarse la silueta de la abuela que me gritaba:

—Ahí tienes lo que tú serás si te obstinas en tus ideas de celibato...